MI PRIMER VOTO

MI PRIMER VOTO

El 6 de julio de 1988, en Acapulco, hice fila con la credencial recién estrenada y una emoción que no me cabía en el pecho. Estudiaba Derecho, tenía diecinueve años y mi primer voto tenía nombre: Cuauhtémoc Cárdenas. 

Esa noche «se cayó el sistema», y con él se vino abajo la ilusión de millones que sabíamos que habíamos ganado, aunque oficialmente hubiéramos perdido. El pasado miércoles 28 de octubre el ingeniero Cárdenas murió a los 92 años. Desde entonces me hago una pregunta de manera recurrente: ¿qué queda hoy de la izquierda que nos hizo votar con esperanza en el 88? 

Guerrero pagó caro aquella esperanza. Semanas después de la elección, desde nuestro estado llegaron a la tribuna de la Cámara de Diputados costales de boletas quemadas, exhibidas como prueba del fraude. Un año después, en las elecciones municipales, hubo ayuntamientos tomados y enfrentamientos con la policía. 

Aquí, la demanda de justicia ha surgido de las comunidades, de la universidad, de los campos y de la organización de quienes se niegan a aceptar que la desigualdad sea el destino de la mayoría. Por eso Guerrero ha sido desde entonces uno de los estados que con más firmeza ha sostenido a la izquierda: ayer fue perredista, hoy es morenista. La biografía de Cárdenas es conocida: la Corriente Democrática, la candidatura de 1988, la fundación del PRD en 1989 y, en 1997, el primer gobierno electo de la capital del país. 

Pero, para mí, su gesto más elocuente ocurrió en 2014 y tuvo que ver con Guerrero. Tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, pidió la renuncia de la dirigencia del PRD, el partido que él mismo había fundado, y, al no encontrar respuesta, renunció. Prefirió las causas al aparato. Pocas veces un fundador abandona su propia casa porque ha dejado de reconocerla. 

La izquierda pierde el rumbo cuando recuerda sus luchas, pero olvida a la joven de la Montaña que quiere entrar a la universidad o a la familia que sigue reconstruyendo su casa después del huracán. No lo digo como reproche a nadie. Lo digo como un examen que nos toca a todos los que hemos caminado en la izquierda, dentro y fuera de los partidos. Y como no basta con señalar, propongo tres compromisos: 

Primero. Que antes de postular a alguien, su perfil y sus acciones se hagan públicos para que las comunidades a las que busca representar puedan opinar. Iguala nos enseñó, de la manera más dolorosa, el costo de no evaluar rigurosamente a quién se pone al frente de un gobierno. 

Segundo. Que las grandes decisiones regionales pasen por asambleas abiertas con pueblos indígenas y afromexicanos, jóvenes, organizaciones sociales y universidades, y que lo acordado ahí tenga peso real. Un movimiento que llega al poder y deja de escuchar a quienes lo llevaron ahí empieza a parecerse a lo que combatió. 

Tercero. Que la universidad pública sea semillero de formación política. La UAGro puede abrir un seminario permanente, plural y gratuito para jóvenes de todas las regiones, que forme en causas y no sólo en estructuras. Bien podría llevar el nombre de Cuauhtémoc Cárdenas. Reconocer a Cárdenas no significa dejar de pensar críticamente; significa asumir la responsabilidad que su memoria nos deja. 

Aquel primer voto mío no fue por un partido: fue por una causa. Honrar al ingeniero Cárdenas no es colgar su retrato en la pared de una oficina. Es recordar la fila de 1988, mantener la misma convicción y trabajar diariamente para que esta vez no defraudemos esa esperanza. 

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